Ay, cabrón... Tal cual autobiografió Gabo: Vivo para contarla.
Caminando por cierta calle del centro me encontraba cuando las tripas me recordaron que aún no había desayunado... Era algo temprano para la comida pero el aire, ya dando vueltas en mi estómago, comenzaba a azotarse en sus paredes. Decidí, pues, comprar un cocktail de frutas en un puesto de la calle, semifijo, de esos que de noche son cubitos de metal blanco y de día rebozan plantas como ornamento, frutas y verduras varias, una que otra mosca revoloteando (las bolsas con agua ya las saben dominar) y donde el ronrroneo de la licuadora es la melodía de tooooodo el día...
Degustaba yo mi muy nutritivo y ligero y fitness y todo el pedo cocktail de papaya dulce, melón partido, sandía fresca, plátano insaboro, capa de miel y chispas de granola en la más completa pendeja, pensando en la historia milenaria del coctel que me estaba chutando y su delicada preparación, cuando en cuestión de segundos, qué digo segundos, nanosegundos, un auto, más específicos un Jetta anaranjadito (que cuando llegué estaba ahí estacionado), dio un rechinazo y en un acto rápido, apenas perceptible, se abalanzó hacia nosotros, hacia el puesto... hacia mí!!!
El salto fue inconsciente. Un brinco de dos o tres pasos hacia atrás. El ruido de las llantas acelerando (taaan cerca), el espasmo de esa mole anaranjada viniendo hacia nosotros, fue el único (con eso bastaba) elemento para que el cuerpo, por inercia, se pusiera a resguardo. Si el propio puesto de metal y la pared que éste tenía enfrente no hubieran existido, el Pechocho seguramente habría probado la defensa del vehículo, antes indiferente y ahora adquiriendo una faceta como de monstruo asesino. El carro se quedó atrapado en esa boca que a mí me resguardó. Quedé con el auto enfrente. Hasta entonces me percaté del conductor: un gordo como de 17 años que, al volante, nos veía con una cara... Quién sabe quién era el más espantado de todos ahí.
Si hubiera estado dos o tres pasos más hacia mi derecha, uffff, mínimo una buena machacada de piernas me habría llevado a casa...
Por cierto, mis frutas salieron ilesas. Ni un cacahuate o pasa de la granola se me cayó. A eso llamo agilidad felina, chingao (en todo caso, si no hubiera aplicado el salto felino, el salto del caballo -como en la foto- hubiera sido la opción).
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